Bicentenario de los Tratados de Córdoba: El Primer Tratado Internacional del México Independiente

El 24 de agosto de 1821 se celebró la firma de los Tratados de Córdoba, en la Villa del mismo nombre en el estado de Veracruz. Este acuerdo fue el Primer Tratado Internacional del México independiente, signado por quien fuera el último jefe político de la Nueva España, Juan de O’Donojú, y, el Primer Jefe del Ejército Imperial Mexicano de las Tres Garantías, Agustín de Iturbide. El significado y alcance de este trascendental tratado internacional que México firmara fue crucial en el camino que tuvo que seguir para lograr su independencia de forma oficial.

El primer acuerdo formal que México firma con una nación extranjera es, precisamente, el documento en donde se le reconoce como país independiente del reino de España por primera vez en su historia. Esto tuvo lugar el 24 de agosto de 1821, hace exactamente doscientos años, en la Villa de Córdoba, Veracruz.[1] Fue un hecho histórico que marcaría el derrotero por el que habría de seguir el rumbo de los acontecimientos hasta la firma del Acta de Independencia un mes más tarde, el 28 de septiembre.[2] Se consumó así, de una buena vez y para siempre, la separación de la colonia que fuera hasta entonces conocida como la Nueva España de su antigua metrópoli. Las negociaciones que llevaron a la celebración del tratado (puesto que fue uno sólo, aunque su nombre formal se indique en plural) tuvieron lugar gracias a una coyuntura particular en la historia novohispana y española a la que poca atención se le ha prestado; puesto que los signatarios se encontraron en una posición y en un momento tal, por el que bien se les podría calificar de advenedizos.


Por la parte metropolitana, Juan de O’Donojú, con el cargo de Teniente General de los Ejércitos de España, tenía tan sólo tres semanas de haber desembarcado en el Puerto de Veracruz, el 3 de agosto, proveniente de la Península ibérica. Fue “nombrado jefe político de la Nueva España por las cortes españolas”,[3] tras la destitución del virrey Juan Ruiz de Apodaca. El recién llegado pronto se percató de que se encontraba sitiado por las fuerzas rebeldes, por lo que decide entrar en tratos con la jefatura independentista a los dos días de su arribo.[4] Por su parte, Agustín de Iturbide, fue reconocido como Primer Jefe del Ejército Imperial Mexicano de las Tres Garantías al proclamar el Plan de Iguala medio año antes, el 24 de febrero.[5] Después de haber defendido a la causa realista durante prácticamente toda la guerra de Independencia y rechazado la invitación que le hiciera una década antes Miguel Hidalgo, Iturbide termina por unirse a los insurgentes.[6] Convence a Vicente Guerrero de aliarse a través de una intensa correspondencia, que concluyó con un encuentro ampliamente conocido como “el Abrazo de Acatempan”.


Quien encabezara al Ejército Trigarante, fue una figura que logró aglutinar los anhelos e intereses de las principales corrientes en pugna durante la revolución independentista: para el último reducto insurgente liderado por Guerrero, el avenimiento con Iturbide significó un respiro y la oportunidad de que su lucha llegara a buen término con el logro de la independencia;[7] en tanto que, para los criollos, el Ejército y la Iglesia católica, representó la salvaguarda de sus privilegios y fueros, así como la posibilidad de acceder a cargos administrativos y militares hasta entonces exclusivos para los peninsulares;[8] y, sobre todo, la ansiada paz para todos. Así, con este amplio consenso, el Primer Jefe del Ejército Trigarante no sólo avanzó sobre el terreno militar, sino que tuvo la capacidad de arrogarse la representatividad de la nación mexicana para suscribir un acuerdo con quien era el enviado reconocido del reino español. De esta manera, los Tratados de Córdoba pueden considerarse como el primer tratado internacional celebrado entre los representantes de dos naciones hasta entonces unidas, en el que acordaron su separación en dos entidades políticas distintas y autónomas una de la otra, de una forma pacífica y civilizada.


Es evocativo el párrafo inicial del texto del tratado en el que se lee lo siguiente:


Pronunciada por Nueva España la independencia de la antigua, teniendo un ejército que sostuviese este pronunciamiento, decididas por él las provincias del reino, sitiada la capital en donde se había depuesto a la autoridad legítima, y cuando sólo quedaban por el gobierno europeo las plazas de Veracruz y de Acapulco, desguarnecidas y sin medios de resistir a un sitio bien dirigido y que durase algún tiempo, llegó al primer puerto el teniente general don Juan de O’Donojú, con el carácter y representación de capitán general y jefe superior político de este reino, nombrado por S. M., quien deseoso de evitar los males que afligen a los pueblos en alteraciones de esta clase, y tratando de conciliar los intereses de ambas Españas, invitó a una entrevista al primer jefe del ejército imperial don Agustín de Iturbide, en la que se discutiese el gran negocio de la independencia, desatando sin romper los vínculos que unieron a los dos continentes.[9]


El tratado consta de diecisiete artículos que no se extienden más allá de tres cuartillas en su totalidad. En términos generales, en ellos se acuerda la división del poder político y los mecanismos que consideraron adecuados para la transición del poder que debía de darse en el México naciente. En primer lugar se asienta la soberanía e independencia de la nación americana que se le llamó “Imperio Mexicano” y se apunta a la monarquía constitucional como su nueva forma de gobierno. El ocupante de la corona imperial mexicana debía de ser un integrante que formara parte de la línea sucesoria de la casa reinante española o, en el último de los casos, el que designaran las Cortes de España. La capital del imperio y, por lo tanto, la de su corte, se fija en México. El último jefe político de la Nueva España se encargaría de enviar a dos comisionados para poner en el superior conocimiento del rey de España el contenido del tratado para su cumplimiento. El Plan de Iguala es reconocido casi en su totalidad y se establece la conformación de la Junta provisional gubernativa, que sería el órgano que se encargaría de administrar transitoriamente la nueva forma de organización política imperial mexicana.[10]


Uno de los integrantes de la Junta debía de ser Juan de O’Donojú y el resto serían “designados por la opinión general” con base en sus virtudes, quienes nombrarían a un presidente. Una vez conformada la Junta, su primer tarea era informar al público sobre su instalación y funciones a través de un manifiesto. Esto con el fin de poner en conocimiento del pueblo sobre sus intereses y el modo de proceder para la elección de diputados a las Cortes. Posteriormente, la Junta nombraría a una regencia compuesta de tres personas para que gobernara en nombre del monarca que llegara a empuñar “el cetro del Imperio”. Mientras esto sucedía, la Junta gobernaría con las leyes vigentes que no contradijeran al Plan de Iguala, hasta que las Cortes redactaran la constitución imperial mexicana. La regencia ostentaría el poder ejecutivo y, luego de convocar a Cortes, en éstas recaerían las funciones legislativas. En tanto esto ocurriera, la Junta ejercería el poder legislativo. En cuanto a los habitantes de ambas naciones, se les dejaba en libertad de que se trasladaran al lugar que más les conviniera para su residencia, si no tuvieran alguna deuda o impedimento expreso, para lo que debían de hacer los trámites correspondientes. No fueron susceptibles de gozar de la anterior prerrogativa los empleados públicos o militares que hubieran estado “notoriamente” en contra de la independencia, por lo que debían salir de México en los términos que se les indicara.[11]



Haber negociado y signado el tratado con O’Donojú, allanó el camino de Iturbide hacia su entrada triunfal en la Ciudad de México. Luego de que el nuevo emisario de Su Majestad se acreditara como tal y se diera a conocer el acuerdo, cedieron las últimas fuerzas realistas en resistencia, para dar paso a la firma del Acta de Independencia. Para cuando llegó la noticia a la única España que quedó del otro lado del Atlántico, la otrora Nueva España ya había dejado de serlo y se había asumido como el México independiente en los hechos. Si bien, la Corona española se negaría a reconocerlo hasta el año de 1836, lo cierto es que la celebración y firma de los Tratados de Córdoba constituyeron el acto legal y legítimo en el que los representantes acreditados de dos naciones decidieron su futuro. Sin lugar a dudas tuvo que darse este paso previamente para que, habiendo reconocido que ambas partes ya no podían ni tenían la voluntad de seguir juntas en un tratado internacional, la entidad que había estado políticamente sujeta a la otra pudiera, de forma libre y soberana, declarar su independencia en un acta oficial. Es en este momento en el que se cumple el pronóstico de José María Morelos, quien pensaba que la independencia sería un hecho cuando “las tropas realistas, al mando de sus oficiales criollos”[12] se unieran a su causa.


Trescientos años antes, tuvo lugar la caída de Tenochtitlán a manos del conquistador extremeño, Hernán Cortés. Resulta paradójico y contrastante que tres siglos más tarde, en el mismo mes de agosto, otro español, Juan de O’Donojú, pactara en el último artículo del acuerdo, la “capitulación honrosa”[13] de las últimas tropas peninsulares sitiadas en la capital y reconociera a México como nación independiente en un tratado internacional.

Indra Labardini Fragoso


Profesora-investigadora de Tiempo Completo en la Cátedra de Historia Diplomática y coordinadora de la Maestría en Relaciones Internacionales: Medio Ambiente en el Instituto de Estudios Internacionales “Isidro Fabela” de la Universidad del Mar, campus Huatulco, Oaxaca. Licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Maestra y Doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Fue becaria posdoctoral en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín y en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM. Profesora visitante en la Universidad de Texas en Austin dentro del Programa de Investigaciones Conjuntas Matías Romero 2018-2019, auspiciado por la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). Ha sido galardonada con dos reconocimientos a las tesis de maestría y doctorado, en las ediciones 2008 y 2011 del Premio Genaro Estrada, otorgados por la SRE a las mejores investigaciones sobre historia de las relaciones internacionales de México. Obtuvo también dos reconocimientos como Estudiante Distinguido, en 2007 y 2009 respectivamente, por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

[1] Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, “Tratados de Córdoba”, Centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 1917-2017, p. 1. Consultado el: 21 de agosto de 2021 en: https://www.constitucion1917.gob.mx/work/models/Constitucion1917/Resource/263/1/images/Independencia19_1.pdf [2] Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, “Acta de Independencia del Imperio Mexicano”, Centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 1917-2017, p. 1. Consultado el: 21 de agosto de 2021 en: https://constitucion1917.gob.mx/work/models/Constitucion1917/Resource/263/1/images/Independencia19_2.pdf [3] Luis Villoro, “La Revolución de Independencia” en Historia General de México, Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México, México, 2000, p. 519. [4] El 5 de agosto Juan de O’Donojú le envió la comunicación a Agustín de Iturbide para negociar la paz. Fernando Serrano Migallón, El Grito de Independencia, 2ª. Ed., Miguel Ángel Porrúa, México, 1988, p. 53. [5] Ibid, p. 51. [6] “Hidalgo ofrece el grado de teniente general si se incorpora a las filas insurgentes. Iturbide rehúsa este ofrecimiento.” Ibid, p. 35. [7] Al respecto, “Fue muy importante la actitud de Guerrero, principal jefe insurgente que seguía sublevado y dominaba una extensa zona del sur del país. Era evidente que no podía vencer con las armas, pero el gobierno tampoco lo podía eliminar. Guerrero, quien había rechazado el indulto ofrecido a él como a otros sublevados por el virrey, al darse cuenta de la nueva situación exhortó a los jefes militares que lo combatían a luchar juntos en bien del país. Iturbide fracasó en el intento de derrotar a las tropas de Guerrero y optó por ofrecer una alianza a su adversario.” Juan Brom, Esbozo de Historia de México, Editorial Grijalbo, México, 1998, p. 147. [8] Además de la adhesión de Vicente Guerrero, “El Plan de Iguala logró unificar a toda la oligarquía criolla. El proyecto de independencia aparecía, en efecto, claramente ligado a otras dos “garantías” que tomaba muy a pecho: el mantenimiento de la religión y del orden social, en la unión de todas las clases. Uno tras otro todos los cuerpos de ejército se unen a Iturbide; sólo los batallones expedicionarios apoyan sin condición al gobierno. Sobre todo, el alto clero y los latifundistas sostienen el movimiento con toda su fuerza económica y moral.” Villoro, op. cit., p. 519. [9] Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, “Tratados de Córdoba”, op. cit., p. 1. [10] Ibid, p. 2. [11] Ibid, pp. 2-3. [12] Villoro, op. cit., p. 517. [13] Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, “Tratados de Córdoba”, op. cit., p. 3.