¿Habrá tormenta después de esta calma?

Colaboración publicada originalmente en El Economista.


Hasta el momento, la relación entre AMLO y Biden ha sido cordial. Sus encuentros han sido esporádicos y han generado poco revuelo, pero anuncian la tensión que inevitablemente tendrá que surgir. Joe Biden es un funcionario público con gran experiencia en el manejo de las relaciones internacionales de Estados Unidos, y claramente ha buscado iniciar acercamientos amables con Andrés Manuel López Obrador. Nuestro presidente, por el contrario, carece de experiencia en el frente internacional. En su primera reunión con Biden, sin necesidad alguna referenció la célebre frase de “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”; en otra, forzó una mención a su programa “Sembrando Vida” enfocado a temas migratorios en un foro creado para hablar sobre una prioridad para Biden: los retos que presenta el cambio climático y compromisos específicos que debe adoptar la comunidad internacional. Para López Obrador, este tema se encuentra muy abajo en su lista de prioridades, si es que está en ella del todo.


El contexto ha ayudado a reducir la tensión en la relación, pues ambos presidentes están poniendo toda su atención a sus prioridades de política interior. Biden está enfocado en la reactivación económica y la estrategia nacional de vacunación necesaria para superar la pandemia. Las prioridades del Presidente Mexicano se centran en tener un resultado electoral favorable en 2021, mantener la ruta de centralización y desinstitucionalización, y la adopción de una agenda nacionalista en varios frentes económicos.


Para Biden, enfocarse en esos temas cumple tres propósitos. El primero es reconstruir la economía de los Estados Unidos; el segundo es mostrar el liderazgo y la capacidad institucional del gobierno americano para diferenciar su administración de la anterior; y el tercero, demostrar al mundo que su Gobierno está dispuesto a reclamar el liderazgo que Estados Unidos había tenido en el panorama internacional durante las últimas décadas, un espacio que Donald Trump dejó vacío dando oportunidad a Rusia y otros gobiernos de tinte autocrático para posicionar mensajes que debilitan la visión democrática occidental.


López Obrador se benefició de la indiferencia de Trump para avanzar en su agenda prioritaria. El hecho de que para Trump los alcances de su política internacional con México terminaran en su infame muro, permitió que la cuarta transformación implementara cambios profundos y mostrara inclinaciones autocráticas que habrían levantado cejas en cualquier otra administración americana. El desencuentro por el caso Cienfuegos, es tan solo uno de los episodios en los que el Gobierno mexicano ha estirado la liga de la colaboración, pues ha habido más acciones que han tensado la relación también en el frente económico. La interpretación a modo del TMEC en materia energética, así como el establecimiento de cuotas de contenido nacional en cines y plataformas digitales que claramente benefician a un solo jugador y atentan contra criterios de competencia internacional seguramente no están siendo tomadas a la ligera por nuestro vecino del norte. Si a esto sumamos la creación del Padrón de Usuarios de Telefonía Móvil que tiene un gran potencial de ser una peligrosa herramienta de control político y social, es de esperarse que pronto existan cuestionamientos por parte de nuestro vecino frente a la agenda de valores democráticos occidentales que está al centro de la construcción del sistema político y económico de Estados Unidos, y que hoy más que nunca tienen que retomar para enfrentar a otros poderes que buscan dictar su propia agenda internacional.

Abigail Martínez


Es licenciada en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y Maestra en Políticas Públicas por Macquarie University. Se especializa en análisis político, vinculación y comunicación estratégica. Conduce el programa “Política 101 en Inkoo y colabora quincenalmente en el portal gluc.mx.