Nicaragua: 200 años de soledad

Colaboración publicada originalmente en El Economista.


La violenta ola represiva desatada por el gobierno de Daniel Ortega en el 2018 contra ciudadanos que reclamaban un cambio de rumbo para Nicaragua, abrió un nuevo capítulo de la guerra interna en la que ha vivido este país a través de su historia, como resultado de sus desigualdades y contradicciones sociales, su atraso económico, y el fenómeno de la intervención extranjera que ha imposibilitado la construcción orgánica de consensos políticos —reglas que normen la competencia por el poder— en este país centroamericano.


La caracterización de la historia nicaragüense como una larga guerra doméstica sirve para resaltar las limitaciones de la desgraciadamente repetida explicación de la crisis actual como una confrontación entre “dictadura” —el gobierno de Ortega—, y “democracia” —el movimiento de oposición a ese gobierno.


Para empezar, y cito a Alejandro Serrano Caldera, Nicaragua ha funcionado siempre como “un archipiélago de islotes [socio-políticos y culturales] que coexisten, inconexos”. Estos islotes jamás han operado dentro de un régimen de convivencia democrática. Desde esta perspectiva histórica, la crisis que vive Nicaragua hoy en día es, esencialmente, la confrontación entre dos de las piezas del archipiélago nicaragüense.


Dos observaciones son necesarias para evitar la sobre-simplificación de esta metáfora. Primera, la complejidad socio-política de cada uno de los islotes en pugna sobrepasa el sentido de los conceptos “democracia” y “dictadura.” Segunda, la mayoría de los nicaragüenses viven entregados a la lucha por sobrevivir en el segundo país más pobre de América Latina y sólo son integrantes nominales de los islotes antes mencionados.


En el islote de la “dictadura” coexisten: allegados al gobierno de Ortega que se han enriquecido ilícitamente en el poder, personas que todavía conservan el espíritu progresista del sandinismo revolucionario, y miles de pobres beneficiados por los programas sociales del gobierno.


Por otra parte, el islote de la “democracia” agrupa a ex compañeros de armas de Ortega y otros desplazados del poder que luchan por recuperarlo, la políticamente dividida jerarquía católica, sectores de una clase media empobrecida y arrinconada, capitalistas que hasta hace poco colaboraron con el régimen al que hoy tímidamente se oponen, y muchos otros que genuinamente quisieran vivir en una Nicaragua menos violenta y menos obscena que la actual.


De tal forma que ni el islote de la “democracia”ni el de la “dictadura” son homogéneos. El islote de la “democracia” abarca visiones e intereses desacordes, como lo demostró el estrepitoso fracaso de sus líderes para articular una estrategia común para enfrentar a Ortega en las elecciones de noviembre próximo. A estos líderes los une solamente su oposición al gobierno y un discurso ensimismado e insensible a las necesidades de los pobres que habitan en el islote de la “dictadura”, a quienes ignoran o ridiculizan en sus medios de comunicación tildándoles de ignorantes y borregos.


El “islote de la dictadura” también padece las tensiones internas propias de cualquier Gobierno-Estado-Botín, en el que las lealtades de los que controlan el poder se compran y se venden al mejor postor. Hoy por hoy, sin embargo, este islote parece unido alrededor de Ortega y de un discurso de guerra “contra el imperio gringo y sus aliados vende-patria”.


Independientemente de cuál islote salga avante de la actual crisis, la patria de Darío y Sandino continuará inmersa en su interminable guerra interna, a menos que de alguna de sus partes en conflicto surjan puentes discursivos que empiecen a tejer memorias y aspiraciones compartidas. Desgraciadamente, este quiebre histórico no se vislumbra hoy por lo que los doscientos años de soledad en los que ha vivido Nicaragua se extenderán irremediablemente hacia el futuro.

Andrés Pérez-Baltodano


Profesor de ciencia política en la Universidad de Western Ontario en Canadá e investigador asociado del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la Universidad Centroamericana en Managua. Ha sido responsable del programa multinacional de investigación en Políticas Públicas y Participación de la División de Ciencias Sociales, en Ottawa, Canadá; Investigador del Proyecto de Apoyo a la Descentralización del Gobierno de Nicaragua (INCAE y Universidad de Berkeley); fue Director-Fundador del Instituto Nicaragüense de Administración Pública (INAP). Fungió como Director Administrativo de los programas científicos y culturales del Banco Central de Nicaragua.


Es autor de diversos artículos científicos y libros sobre Estado, Política y Democracia. Entre sus obras más recientes se encuentran: Reflexiones y Confesiones sobre la Nación, la Iglesia y el Exilio (2007); La Subversión Ética de la Realidad: Crisis y Renovación del Pensamiento Crítico Latinoamericano (2009); y, postsandinismo: Crónica de un Diálogo Intergeneracional e Interpretación del Pensamiento Político de la Generación XXI (2013). Es uno de los mayores expertos en historia y política nicaraguense en el hemisferio.